Por David Dorantes
Hay destinos que uno termina recordando por una fotografía, un platillo o un paisaje. San Blas, Nayarit, se me quedó grabado por dos razones completamente diferentes: una historia profundamente humana frente al mar y unos diminutos insectos capaces de convertir cualquier descuido en una experiencia inolvidable.
El muelle deja de ser solamente un muelle
Conocer San Blas era también acercarme a una historia que durante años había escuchado convertida en canción.
Ahí conocí con mayor profundidad la historia de Rebeca Méndez, conocida popularmente como La Loca del Muelle de San Blas. Su figura forma parte de la memoria de este puerto nayarita e incluso existe una escultura dedicada a ella.
La versión que ha trascendido cuenta la historia de una mujer que esperaba el regreso de su prometido, desaparecido en el mar, y cuya espera terminó convirtiéndose en leyenda. Décadas después, su historia sería popularizada en En el muelle de San Blas, una de las canciones más conocidas de Maná.

Una cosa es escuchar una canción.
Otra muy diferente es llegar al lugar que le puso geografía a esa historia.
Mientras observaba el mar pensé en todo lo que puede contener una espera. Esperamos personas, respuestas, oportunidades, momentos mejores. Algunas veces llegan. Otras no.
Quizá por eso me impactó tanto aquella historia. Porque detrás del personaje que el tiempo convirtió en “la loca del muelle” encontré algo profundamente humano: alguien aferrándose a la posibilidad de un regreso.
Y entonces llegaron los jejenes
Pero San Blas tenía preparada otra enseñanza, bastante menos romántica.
Los jejenes.
Quien haya visitado esta parte de Nayarit probablemente entenderá perfectamente de qué hablo. Son pequeños, molestos y tienen una capacidad extraordinaria para hacerse notar sin necesidad de ser vistos.
No es solamente una anécdota de viajeros. La Secretaría de Turismo de Nayarit reconoce al jején como característico de la zona y recomienda expresamente llegar preparado con repelente.
Yo los llamaría una especie de “impuesto natural” por disfrutar San Blas.

Uno puede estar contemplando tranquilamente el paisaje, pensando en el mar, en Rebeca, en Maná, en el significado profundo de la espera… hasta que una picadura te devuelve inmediatamente al presente.
Y quizá ahí estuvo una de las mejores paradojas de este viaje.
San Blas me hizo mirar hacia el pasado a través de una historia que sobrevivió durante décadas, pero sus jejenes se encargaron de recordarme que el viaje también consiste en estar completamente presente.
Los lugares también se cuentan por sus contrastes
De eso se tratan mis Andares.
No solamente de llegar a los destinos reconocidos, sino de descubrir esas pequeñas historias que terminan explicándolos.
Me fui de San Blas pensando en una mujer esperando frente al Pacífico y, al mismo tiempo, rascándome alguna picadura que me recordaba que había estado ahí.
Porque viajar también es eso: historias que se quedan en la memoria y experiencias que, algunas veces, se quedan literalmente en la piel.
Cada camino deja una historia y cada paso una enseñanza. Hasta aquí mis Andares, soy David Dorantes recordándote que vivo para ser feliz.